
Siempre he pensado que hay situaciones que no vale la pena nombrar ni lamentarse por ellas, ya que no está en nuestras manos hacer algo al respecto, o por lo menos ya no lo está; como dicen por ahí, si tu problema tiene solución, de qué te preocupas, y si tu problema no tiene solución, para qué te preocupas. Hay algunos hechos innegables para mí como que el tiempo no da marcha atrás, las acciones no se borran, las palabras NO se las lleva el viento, las afrontas no se olvidan, las cicatrices no dejan de ser notorias (digan lo que digan en los comerciales madrugadores de baba de caracol). Sin embargo, hay días en los que no puedo evitar sentir nostalgia, nostalgia mal encauzada que a veces se convierte en reproche, otras tantas en anhelo, y unas cuantas más en fantasía... Ya sabes, cuando creas universos paralelos en los que dijiste las palabras adecuadas en el momento adecuado, en los que diste un pequeño, diminuto giro a la situación, casi imperceptible, pero que en los resultados habría hecho una gran diferencia en tu vida. El tan odioso "hubiera", aplicado como acto o como omisión...
En uno de esos universos me guardo mi orgullo y lo convierto en algo de más valor, en otro además me guardo la soberbia y la altanería que tan interesante me hacen ver (ajá, claro), y digo lo que realmente siento, sin temor a verme vulnerable. Ahí mismo es cuando analizo la situación y no exploto violentamente, contemplo las posibles consecuencias de mis acciones y evito el dolor de las personas que me importan, de quienes realmente valen la pena.
Y entonces, a mi alrededor tengo a mis amigos, seguimos terminando en borrachera eterna lo que empezó en comida "apresurada" y "un trago como digestivo nada más" pasa a ser una botella seguida de otra. Esas catastróficas pero geniales comidas que duraban hasta el día siguiente, en las que pasábamos de las carcajadas a las confesiones dolorosas y el desahogo emocional más sincero en cuestión de horas, todo acompañado de la banda sonora más diversa.
Y, entonces, al día siguiente, con mi terrible resaca (jamás emocional), ella me recibe en su casa, con una mirada que pretende reprocharme y que cede y se ilumina, combinándose con una sonrisa apretada, que trata de no manifestarse, como contemplando al niño que hizo travesuras y debe ser castigado - pero son divertidas, al fin y al cabo -
Y, entonces... regreso a la realidad y veo que no hay universos paralelos, sólo queda la nostalgia y tal vez un vestigio de lo que podría ser remordimiento en un día sin mucho que hacer. Algo tengo que hacer al respecto, algo que hacer los domingos, para no pensar tanto y no terminar odiando estos días.
*Hey tú... ya conoces a Yves Klein y su "International Klein Blue (IKB)"?